Katy, una joven estilista que contempló el suicidio al vivir la discriminación sexual en su familia

La vida de Katherine Reynosa, o mejor conocida como Katy, probablemente no ha sido la alegría que deslumbra con gran entusiasmo en sus 31 años de edad, pues desde su niñez ha sido víctima de la discriminación de género y el bullying.

Ella es una chavala alta, pelo corto, piel color clara, y según lo que nos cuenta su mayor atributo son sus glúteos, lo que le ha costado burlas y acoso desde sus estudios de secundaria.

“Vivían encima de mí. ¡Que triste! Si vos tenés pechos es malo, si tenés nalgas es terrible, viven enojados con vos. Me decían culito de pampers, culo de puya, culo de chimbomba. Hay abuelas que me preguntan que ¿dónde me operé?. Yo lloraba mucho; fue horrible”, relató Katy un poco melancólica.

Desde su primaria participó en la banda de guerra de su escuela. Cuando cursaba sexto grado fue “capitana” de 33 redoblistas. Siempre se interesó por las actividades que hacían los varones, pero eso no significaba que le gustaban las chicas.

Ella siempre vestía con ropa holgada y poco afeminada, le gustaba “bromear” con los varones e incluso jugaba deportes con ellos. En más de una ocasión le pedió a sus padres que le compraran pistolas, pues su sueño era ser policía. A los 8 años de edad aprendió a manejar motocicleta con ayuda de su padre Martín Reynosa, de 58 años de edad, un hombre dedicado a hacer recorridos para colegios privados.

Cuando cumplió 11 años de edad, empezó sus estudios de secundaria y fue certificada al concluir un curso de estilismo al que su madre Nohemí Mendoza, una mujer de 56 años, la obligó a asistir sin imaginar que esta sería la mejor herencia para el futuro de su hija.

Desde los 12 años empezó a jugar futbol sala con mujeres, pero fue hasta los 14 años que descubrió su atracción por las personas de us mismo sexo. Fue un día de esos casuales cuando desde el portón de su casa Katy vio pasar a una muchacha “muy guapa”, alta y ojos de color, que posiblemente se dirigía a su trabajo; pero quedó solo como un amor platónico.

Katy es rechazada por su familia al confesar su orientación sexual

A los 15 años conoció a su primer pareja, a quien presentó delante de su familia como una amiga. Nunca quiso hacer público sus gustos por las mujeres por temor a ser rechazada y peor aún, discriminada por sus padres quienes se formaron en un hogar cristiano. Pero, evidentemente estar juntas hizo que el pueblo murmurara sobre la vida de ambas.

“La gente empezó a señalarme sin haberme visto, porque nunca me tomé la molestia de agarrarla de la mano y decir “es mi pareja”. La gente se tomó el tiempo de contárselo a mis padre”, lamenta Katy.

Pasó un año en que ambas muchachas tuvieron un noviazgo a escondidas hasta que finalmente la mamá de Katy decidió enfrentarla. Eso pasó dos semanas después que la hermana de Katy, Yahaira Reynosa, de 36 años de edad, fuese hospitalizada por un accidente que casi le cuesta la vida y por el cual los medios de comunicación la dieron por muerta.

En esa ocasión doña Nohemí entró al cuarto de su hija con un aspecto molesto -y detrás iba su padre- y le preguntó con voz fuerte a Katy, “¿es verdad que vos andas con una muchacha? ¿es verdad que vos sos lesbiana?”, a lo que ella finalmente afirmó con mucho temor.

“Le dije que si y me abofeteo, nunca me había pegado, y me pegó una cachetada. Me dijo “te me vas de la casa”; yo le respondí que me iba a ir hasta que mi hermana se levantara. Y tuve el valor de llegar al hospital (a ver a mi hermana) y mi madre no me quería ver, mientras mi papá triste; fue duro para todos. Se me acababa el mundo en ese momento”, recuerda entre lágrimas.

Cuando su hermana despertó después de un largo tiempo sin reaccionar a los medicamentos, Katy decidió salir de su casa y cumplir la promesa que le hizo a su madre el día que reveló su homosexualidad. Viajó hasta Matagalpa a la casa de una tía quien la acogió y la apoyó hasta que Katy decidió regresar a Ticuantepe para vivir con su pareja, no sin antes haber contemplado el suicidio.

Cuando ella regresa al municipio, se ve envuelta en comentarios discriminatorios y de odio que asegura la misma gente del pueblo se encargó de promocionar. “Un amigo me dijo, fíjate Katy que andan diciendo que no te presenten a la jaña de nadie porque se las vas a quitar, porque no hay mujer en el pueblo que ahora hable de vos”, recuerda.

Sin embargo, esto no fue impedimento para que Katy, a sus 16 años de edad, empezara a proyectarse en el mundo de la barbería donde se sintió acogida y aceptada, pues sus estudios y personalidad recogían los requisitos para trabajar en uno de estos lugares.

Casi al cumplir 18 años de edad, Katy se reencontró con su madre quien le pidió que regresara a la casa. Su abuela, Juana Álvarez, de 72 años de edad, una señora sin educación sexual pero llena de mucho amor para su nieta, fue quien la acogió y la aceptó sin discriminación desde su regreso. “Lo mejor fue tener a mi abuela viva”, celebra Katy.

“Ella (Juana) me decía: “en mis tiempos no existía eso”, “no sé qué hacen dos mujeres juntas”, “¿no te gusta el chorichori?”. Ella siempre me apoyó, nunca me rechazó, solo decía que a mí “no me gustaba el chorichori”” recuerda entre risas.

Por destinos de la vida, Katy encontró una mejor oferta de trabajo como técnico de colorimetría en la empresa Tec Italy, bastante reconocida por la distribución de tintes y cosméticos, donde empezó su crecimiento profesional en el mundo del estilismo. Aquí tuvo viajes a cada rincón del país, y era conocida como “doña Katy”, pero solo duró 9 meses, pues encontró otra mejor oportunidad laboral.

A sus 19 años inició a trabajar con Kemo, una empresa italiana que en Nicaragua se llamaba Peloloco. Tuvo el trabajo anhelado por cualquier persona. Su horario era de lunes de jueves, desde las 9 de la mañana hasta las 5 de la tarde y con un salario de 400 dólares.

Katy fue discriminada por su enfermedad

Pero la alegría se convirtió en depresión cuando un día Katy -al quitarse su brasier- se encontró con manchas de sangre. Al revisarse se dio cuenta que sus senos eran los que expulsaban este líquido. De inmediato salieron rumbo al hospital donde el médico le detectó un papiloma intraductal en la mama derecha, y en la mama izquierda un tumor que se llama atipia etapa cuatro para cáncer.

“Decían que esto era un castigo por el hecho de ser lesbiana”, dijo entre llantos.

Con el apoyo de su mamá pudo tener su primera operación en manos de la doctora Verónica Avilés, una de las mejores oncólogas del país. Posterior le redujeron tejidos mamarios, y finalizó con el apoyo de la Fundación Gurdián Ortiz, la cual le brindó apoyo gratuito con ultrasonidos y medicina. Fue un proceso que la sumergió en la tristeza y el rechazo.

La primera vez que su mamá se refirió a sus logros y le dijo “que estaba orgullosa” de ella, fue cuando Peloloco convocó a todas los propietarias de salones de belleza en Nicaragua para la presentación de sus productos, y el cual fue dirigido por Katy. Su mamá participó de este evento porque es propietaria de un salón en el mercado oriental que hoy en día cumple 39 años de existencia, y que lleva el nombre de Katy.

“Mi mamá lloró y me dijo que estaba orgullosa de mí, que no importaba lo que la gente dijera porque podían llegar a matar a alguien, sin ella saber que yo un día me le quería tirar al primer bus que veía por el hecho de ser quien soy; fue feo, pero al mismo tiempo fue lindo porque por fin me pudo decir lo que sentía”, relata muy emocionada.

Katy realiza un corte de cabello a su cliente. Foto: NI

Luego que por muchos años adquiriera la experiencia y el conocimiento necesario en el mundo del estilismo, Katy decide crear su propia empresa, su propio salón de belleza. Fue un 17 de noviembre de 2017 cuando -muy emocionada- inauguró su nuevo salón, el cual recuerda como un inicio difícil, pero satisfactorio para su vida profesional.

Katy cree que la vida ha sido una escuela de aprendizajes y triunfos que le permitió no haber tomado la decisión de suicidarse, sino de asumirlo como una oportunidad para vencer la discriminación de género que cada año causa la muerte suicida de casi 700 mil personas y de otras muchas más que intentan hacerlo en el mundo.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el suicidio es la cuarta causa de muerte entre los jóvenes de 15 a 19 años de edad, y por cada suicidio consumado hay muchas tentativas de suicidio.

Debido a su empeño y dedicación, próximamente Katy viajará a Francia a estudiar colorimetría con el acompañamiento de su actual pareja con quien ha fortalecido una relación de cinco año y a quien su familia acepta en la casa, dejando atrás el rechazo y el odio por su orientación sexual.

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