El régimen de Nicaragua intenta, a través de Rosario Murillo, distanciarse del lenguaje agresivo que el propio dictador Daniel Ortega empleó hace menos de 48 horas contra Donald Trump.
En su alocución más reciente, la del miércoles 22 de abril, la dictadora sostuvo que las palabras del Ejecutivo han sido «mal interpretadas» y que los medios de oposición «tergiversan» deliberadamente el discurso oficial. Cerró con una frase que funcionó, a la vez, como advertencia y como señal de repliegue: «Que después no digan que estamos amenazando a nadie.»
«Las declaraciones del gobierno son “tergiversadas” y “mal interpretadas” por medios opositores» insistió la vocera del FSLN.
Trump está «desquiciado» según Ortega
El contraste con el tono de Ortega es notable. En su intervención del lunes, el caudillo describió a Trump como un «desquiciado mental», un «matón» y un «asesino», y aseguró que el presidente estadounidense «no está en sus cinco sentidos.» Fueron epítetos directos, pronunciados ante medios estatales y sin ningún tipo de matiz diplomático.
La intervención de Murillo no rectifica ni desmiente esas declaraciones. Lo que hace, en cambio, es trasladar la responsabilidad del impacto hacia quienes las difunden, un recurso habitual del régimen sandinista para gestionar las consecuencias de sus propios excesos retóricos sin reconocerlos abiertamente.
El episodio expone una tensión interna en el aparato comunicacional del régimen: Ortega escaló el discurso, y Murillo fue enviada a recoger los pedazos.
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