Así colaboró la OEA con la caída del somocismo

En sus últimos días de gobierno, Anastasio Somoza Debayle se creía víctima de una conspiración de alcance internacional.

Es la madrugada del 23 de junio de 1979. Nicaragua está en guerra todavía. El avance de tropas insurgentes lleva meses abrumando al gobierno de Nicaragua, no del todo recuperado de sus crisis pasadas. El desgaste es evidente, agravado por un progresivo estado de aislamiento internacional. Esa madrugada se selló el destino del régimen somocista ante el mundo.

Cobijados por la noche, no fue el cañón de un fusil revolucionarioaunque sí se les oyó rugir por toda Nicaraguasino papel y palabras, votos, los que coreografiaron la caída del somocismo. Esa madrugada, por fin la OEA denunciaba a Anastasio Somoza Debayle.

A través de la silla que Panamá cedió al gobierno provisional sandinista, Miguel D’Escoto Brockman, sacerdote y revolucionario nicaragüense, expuso la situación ante el foro de las naciones de América. El resultado fue aquella resolución de madrugada, votada a favor por 17 países, pero ya había una historia de roces entre Somoza y el organismo.

En su resolución, las naciones de América le atribuían a Somoza los problemas de Nicaragua, dibujaban un plan para un gobierno de opositor fundado en los ideales democráticos y la defensa de los derechos humanos, de la paz; se dispuso el «reemplazo inmediato y definitivo del régimen somocista».

Cinco maneras en las que Ortega superó a Somoza

Poco menos de un mes después, Somoza huyó. La ofensiva militar del sandinismo que había podido contener fue fatal una vez empezaron a faltarle suministros a la Guardia Nacional, suministros que no llegaban gracias al aislamiento diplomático.

«La resolución de la OEA había cerrado todas las puertas para la compra de municiones… no había una fuente milagrosa disponible para nosotros» cuenta Somoza en sus memorias, publicadas en 1980 bajo el título Nicaragua Traicionada, en donde expone su perspectiva.

En el capítulo noveno, titulado «La OEA y el engaño», comenta sobre la relación de su gobierno con este organismo internacional y relata el primer incidente agraviante para su administración, ocurrido en 1977.

Luego de que la Guardia Nacional derrotase a contingentes sandinistas en Masaya, San Carlos y la frontera con Honduras, la Guardia estableció patrullas en la frontera con Costa Rica bajo la creencia de que el país vecino albergaba a sandinistas.

Somoza ordenó a sus comandantes solicitar «a Costa Rica que les notificara cuando hubiera costarricenses traspasando por la frontera. De tal modo que nuestros comandantes supieran con antelación y pudieran dar la atención debida a los costarricenses que cruzasen la frontera».

Cuenta Somoza que el entonces ministro de seguridad de Costa Rica, Mario Charpentier, llevó sin aviso un bote cargado de periodistas por el río San Juan para «mostrarles que no había operación militar alguna del lado costarricense de la frontera».

Según Somoza, el avión de la Fuerza Aérea Nicaragüense que los divisó hizo señales para que dejaran la zona. Al no tener respuesta, disparó dos cohetes «de advertencia», los espantó y el bote dejó el área. Somoza escribe que los medios costarricenses hicieron propaganda del acto, diciendo que fue un ataque.

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El asunto acabó en la OEA, que mandó una comisión especial para investigar el incidente. Somoza accedió a que la comisión investigase, pero luego criticó la condena que el equipo emitió sobre el hecho. También cuestionó la presencia de Robert White en la comisión, entonces representante de Estados Unidos en la OEA, puesto que consideraba que White tenía una rencilla personal contra él.

«A partir de ese momento, sentí que Estados Unidos estaba en mi contra» asegura Somoza. Este sentimiento lo plasma en todo su libro. En sus páginas acusa a los entonces presidentes de Estados Unidos, Venezuela y Panamá, Jimmy Carter, Carlos Andrés Pérez y Omar Torrijos respectivamente, de maquinar una conspiración para acabar con su gobierno y convencer al hemisferio entero de atacarlo.

En esa misma línea denunció al representante de Venezuela en la OEA, sin decir su nombre: «Su duro y abusivo lenguaje no tenía precedentes en la OEA» lamenta Somoza. «Hasta este día, ningún miembro de la OEA ha sido sometido a diatriba verbal similar a la que el representante de Venezuela sometió a mi país».

Armas que el gobierno de Somoza exhibió como evidencias de actividad guerrillera en Costa Rica. Alegaban que las armas llegaban de Cuba y Venezuela a Costa Rica a través de Panamá. Fuente: Adenda de Nicaragua Betrayed, 1980.

«Muchos nos preguntábamos, y algunos en voz alta, ¿dónde había quedado la serenidad, la seriedad y la solemnidad de esta organización?» dice Somoza, refiriéndose a la OEA, en donde presentó su caso.

La administración somocista preparó ante la OEA una presentación explicando el modus operandi de las guerrillas sandinistas asentadas en Costa Rica. Trataron de probar varios incidentes de saqueo, destrucción de fincas, ataques desde la frontera con Costa Rica, adonde regresaban los perpetradores para refugiarse de la Guardia Nacional.

«La evidencia presentada, la documentación entregada a los miembros de la OEA, y nuestro miedo y preocupación expresados en pleno, todo eso fue para nada. Concluimos que aquel no era un esfuerzo judicial, sino que representaba maquinaciones políticas» relata Somoza en tono melancólico, para luego agregar con contundencia:

«Y debe entenderse sin equivocación que la fuerza que movía estas maniobras políticas era Estados Unidos». Para Somoza, estas acciones suponían una traición de primera categoría.

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Educado en Estados Unidos y habiendo gozado de buenas relaciones con previos presidentes usonanos de ambos partidos, Somoza se consideraba correligionario de la ideología liberal de Estados Unidos y tomaba como ofensa personal que el país del norte se opusiera a sus acciones y a su prolongado mandato.

«Entonces, teníamos a la OEA. Estábamos acorralados por ellos y sabíamos que su decisión estaría en nuestra contra. El poder de Estados Unidos y Venezuela era demasiado». Somoza lamentaba que Costa Rica no fuese sancionada por, desde su punto de vista, haber roto la ley internacional al albergar sandinistas en su territorio.

«Si hubiéramos destruido a los comunistas en la frontera con Costa Rica» piensa Somoza, «lo más probable es que nuestra nación todavía estuviera intacta». Al final, la OEA dio su veredicto y, como vimos al principio, la condena cayó y cayó con fuerza.

«Costa Rica y Panamá, estuvieron directamente involucrados en la agresión militar» acusó Somoza, y con dolor señaló que «Estados Unidos estuvo indirectamente involucrado en cada forma de agresión contra el Estado Soberano de Nicaragua».

Nicaragua convulsionó todos y cada uno de estos movimientos. Entre junio y julio de 1979, la ofensiva militar contra Somoza partió, en efecto, desde Costa Rica. El País reportó que era «superior el número de combatientes que atravesaron la frontera y más sofisticado y potente el armamento». El 16 de junio ya se habían tomado Peñas Blancas.

La denominada «Ofensiva final» del Frente Sur sandinista, combinada con una serie de huelgas generales convocadas por el Consejo Superior de la Empresa Privada a lo largo de 1978 y la falta de suministros de la Guardia Nacional a raíz del aislamiento diplomático, hicieron colapsar al régimen somocista.

Entre el 16 y 19 de julio, la presidencia de Nicaragua fue una papa caliente. Pasó de Somoza, quien cedió ante las peticiones de la OEA y renunció el 17 de julio, a Francisco Urcuyo Maliaños. De él cayó a la Junta de Reconstrucción Nacional que por avión vino desde Costa Rica y asumió en León el 18 de julio de 1979.

El coordinador de la Junta era Daniel Ortega Saavedra, más tarde presidente, eterno candidato del Frente Sandinista, hoy enemigo de la Organización de Estados Americanos. El Frente Sandinista no tardaría en desplazar a los elementos civiles de la Junta y apoderarse del Estado nicaragüense.

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