Nicaragua enfrentará en 2026 un panorama económico que, aunque superficialmente estable, revela una dependencia alarmante de factores externos volátiles, con las remesas familiares como el verdadero sostén de su crecimiento. El Fondo Monetario Internacional (FMI) proyecta un aumento del PIB real de solo 3,4% para ese año, una moderación clara respecto al 3,8% esperado en 2025.
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— Nicaragua Investiga (@nicaraguainvest) December 29, 2025
Esta desaceleración responde directamente a una caída anticipada en los envíos de dinero desde el exterior y en las exportaciones, agravada por aranceles estadounidenses del 18%, incertidumbre comercial global y el fin de programas migratorios como el «parole» y el estatus de protección temporal para nicaragüenses en EE.UU.
La economía nicaragüense ha sido dopada por un boom migratorio que disparó las remesas en años recientes, pero ahora choca contra políticas migratorias más duras en el principal destino, Estados Unidos.
Sin ese flujo masivo de dólares —que ha actuado como inyección directa al consumo privado—, el supuesto «repunte» en sectores como construcción y comercio se desvanece rápidamente. El Banco Mundial, aunque no detalla cifras específicas para Nicaragua en sus informes regionales recientes, coincide en un contexto de crecimiento tibio para América Central (alrededor del 3,5% en 2026), respaldado precisamente por remesas estables, lo que subraya que cualquier interrupción en estos envíos golpeará con fuerza.
Control monetario e inflación baja
La inflación se mantendría baja, en torno al 2-3%, y el córdoba seguiría anclado sin deslizamiento anual, según las autoridades del Banco Central alineadas con recomendaciones del FMI. Pero esta «estabilidad» macroeconómica es un espejismo, oculta riesgos latentes como una deuda externa que, pese a reservas acumuladas, podría presionar si las exportaciones fallan ante una desaceleración mundial o nuevos aranceles.
Además, el presupuesto aprobado para 2026, superior a los 5.300 millones de dólares con alzas salariales públicas, depende de un superávit fiscal que el FMI estima en 1,5% del PIB, pero que se tambalea si las remesas —el motor real de la demanda interna— se contraen.
El 2026 expone la fragilidad estructural del país. Un crecimiento moderado que pende de un hilo externo como las remesas, vulnerable a decisiones políticas en Washington y a tormentas globales. Sin diversificar fuentes de ingreso ni resolver tensiones internas en estabilidad política y derechos humanos —señaladas implícitamente en evaluaciones internacionales—, este modelo basado en migración forzada no augura resiliencia real, solo una ilusión de progreso que podría romperse con facilidad.
Nicaragua Investiga



































