Ideas | De abril y sus ilusiones

El régimen, a como está estructurado ahora, no puede sostenerse demasiado tiempo. Tendrá que transformarse para bien o para mal. En ese proceso encontraremos el espacio para actuar. Y creo yo que todavía hay espacio para organizarnos, con todo lo malo que pasó.

El 2018 fue un año de transformaciones. Todavía las estamos viviendo, aunque no todos las noten. Presenciamos el derrumbe de una mitología revolucionaria y la edificación de otra. Las historias del sandinismo, gastadas por la propaganda, vueltas kitsch campestre, dieron lugar a una estética de rebelión urbana, joven, desprolija en comparación al militarismo profesado por el viejo partido, y de muchas formas más idealista, como queriendo contradecir la nueva cara pragmática del sandinismo de Daniel Ortega.

La construcción del gobierno sandinista del nuevo siglo estuvo plagada de contradicciones desde sus inicios. Su guía no era, como antaño, un ideal noble, u ostensiblemente noble por lo menos, ya fuese de origen liberal, marxista o nacionalista. Las historias y toda la cultura de la revolución no eran más que la pintura del vehículo hacia la banda presidencial; su nueva naturaleza era evidente. Las maquiavélicas movidas de complacencia y populismo que sacrificaron la pureza ideológica en el altar de las masas le delataron como una operación hacia el poder y su perpetuación.

Si triunfó dicho plan, fue por las faltas de nuestro sistema republicano, incapaz de contrarrestar la corrupción heredada del somocismo al sandinismo, y la barbarie que se derramó del sandinismo a la nueva república. Lo que vimos en 2018 fue la consecuencia de tantas contradicciones y desniveles acumulados por, no solamente los doce años sandinistas, sino también los años liberales, obviando por supuesto las presiones geopolíticas, no del todo claras todavía para la mayoría, pero presentes sin dudas.

Pero este desplazamiento de consciencia, de un imaginario político estéril y en exceso pragmático a una explosión de idealismo y expresiones populares libertarias, no es ni de cerca nuevo. El somocismo, en sus inicios, se nutrió de una vanguardia literaria talentosísima, de narrativas de conquista, de poemas y expresiones callejeras; era una explosión de romanticismo que capturó a toda Nicaragua. Fue años después que la ilusión se perdería y una nueva vanguardia atraparía a los desilusionados, la vanguardia sandinista. Sabemos que el proceso se repitió, esencialmente, de la misma forma.

Ahora que nos encontramos en el invierno de la revolución, no puedo evitar preguntarme si no estaremos yendo de cabeza a otro gobierno insostenible. Contradicciones las hay. ¿Cómo es que un estallido social auto-convocado ahora esté siendo encabezado por pugnas entre partidos y carcasas de partidos, por nombres burgueses? La ilusión también se ha ido disipando y, ¡ni siquiera hubo cambio de gobierno!

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A lo que voy es que debemos cuestionarnos más la naturaleza del estallido libertario que hubo en abril. ¿Qué clase de discursos perpetuamos?, ¿hacemos que tanto sacrificio valiera la pena?, ¿cómo?, ¿siguiendo ciegamente la misma clase de discursos que nos dejaron acá hace cuarenta años? Nicaragua tal vez vuelva a ser república, eso no lo sé, pero, de serlo, ¿en serio queremos que sea la misma que no pudo defenderse a sí misma en el 2007? La embaucada república, la víctima república.

Si algo dejó claro abril fue la extrema necesidad de replantearnos la vida de Nicaragua como nación. Tenemos que repensar sus sistemas de gobierno, sus instituciones, las ideas que dejamos prosperar y cómo nos enfrentamos al cambio. No hablo solamente de la Iglesia o de la familia tradicional, sino también de las alternativas que nos han propuesto. ¿Realmente son nuestras únicas alternativas? Eso tenemos que discutir más seriamente.

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El régimen, a como está estructurado ahora, no puede sostenerse demasiado tiempo. Tendrá que transformarse para bien o para mal. En ese proceso encontraremos el espacio para actuar. Y creo yo que todavía hay espacio para organizarnos, con todo lo malo que pasó. Quiero creer que aún hay manera de honrar a todos los que perdimos.

  • El autor es estudiante de Comunicación de la UCA

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