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El deporte extremo «hecho en Nicaragua»

El deporte extremo se inventó en Nicaragua y solo en nuestro país se puede practicar por ahora despertando una rama del turismo poco explorada hasta ahora.

Extremo es lo que muchos buscan cuando de deportes se trata. Existen disciplinas que desafían los límites humanos en la nieve, el agua o la arena, pero hay una experiencia extrema cuyo origen y máxima expresión pertenecen a un solo rincón del planeta: el volcano boarding (o sandboarding volcánico).

Aunque existen intentos de replicarlo en pendientes de ceniza en Vanuatu o Indonesia, la meca indiscutible y el único lugar donde se ha consolidado como un fenómeno turístico masivo y comercial es el imponente volcán Cerro Negro, ubicado en el departamento de León.

Este coloso, reconocido como el volcán más joven de Centroamérica con poco más de 170 años de existencia, posee una estructura geológica atípica que permitió el nacimiento de esta práctica.

Mientras una de sus laderas está cubierta por bloques de piedra de erupciones pasadas, el viento ha depositado en su cara opuesta una densa y empinada capa de ceniza negra y fina, creando la pista de descenso natural más vertiginosa del mundo.

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Así se inventó el deporte

La historia de este deporte combina la osadía con la experimentación. Durante los primeros años de la década de 2000, diversos viajeros exploraron la forma de descender los más de 700 metros de altura del Cerro Negro a gran velocidad.

Las crónicas locales y registros de viajes detallan que se intentó bajar utilizando colchones, puertas de refrigeradores e incluso mesas de picnic, con resultados dolorosos o poco eficientes.

No fue sino hasta el año 2004 cuando el australiano Daryn Webb, asentado en la ciudad de León, diseñó un prototipo funcional: una resistente tabla de madera de plywood reforzada con una capa de formica y metal en la base, equipada con una cuerda para sujetarse. Este diseño rudimentario pero eficaz dio origen a las primeras excursiones comerciales en 2005, transformando para siempre el turismo de aventura en la región.

La travesía hacia la cumbre

La experiencia no se limita al vertiginoso descenso; el misticismo del volcano boarding comienza desde la base. Los aventureros deben realizar una caminata de aproximadamente una hora bajo el sol del occidente nicaragüense, cargando sus propias tablas a la espalda.

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El sendero bordea los cráteres activos del Cerro Negro, donde el olor a azufre y las fumarolas que emanan de la tierra sirven como un recordatorio constante de que se camina sobre un gigante dormido. Al llegar a la cumbre de 728 metros de altura, el paisaje ofrece un contraste impresionante entre la cordillera volcánica y las llanuras verdes de León.

Un viaje seguro y con técnica

Antes de iniciar la bajada, los guías de las distintas turoperadoras de León equipan a los visitantes con trajes de protección gruesos (similares a los de un mecánico o astronauta) y gafas de seguridad indispensables para protegerse del polvo y los fragmentos de roca.

La regla de oro del descenso es el control de la dirección y la velocidad que depende exclusivamente de los pies del usuario. Al asentarlos firmemente sobre la ceniza se genera la fricción necesaria para frenar; al levantarlos, la gravedad y la inclinación de 41 grados impulsan la tabla a velocidades que superan fácilmente los 50 kilómetros por hora en cuestión de segundos.

El viaje es un estallido de adrenalina pura de menos de un minuto. La velocidad se siente mucho mayor debido a la cercanía con el suelo y la estela de polvo negro que se levanta a los lados.

El volcano boarding ha posicionado a Nicaragua en el mapa internacional del turismo extremo, demostrando cómo la geología de una tierra viva puede convertirse en el escenario ideal para el nacimiento de un deporte único.

Autor
Nicaragua Investiga

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