Detrás de los fastuosos festivales de ópera y las costosas puestas en escena de la Fundación Incanto, existe una figura indispensable que sostiene el andamiaje del heredero dinástico, Laureano Ortega Murillo. Se trata de la soprano nicaragüense Elisa Picado, actual Directora Ejecutiva de la organización.
Mientras la opinión pública fiscaliza con severidad el uso de millones de córdobas del presupuesto estatal para financiar los gustos musicales del hijo de la pareja dictatorial, Picado opera como la auténtica salvaguarda técnica de un proyecto que, sin su rigor profesional, carecería de toda legitimidad y se desplomaría bajo el peso del ridículo.
A diferencia de otros funcionarios del engranaje oficialista que escalan por pura sumisión política, Elisa Picado posee un talento real e incuestionable. Formada en el extranjero, donde realizó estudios de canto en el Conservatorio de Música de la Universidad de Costa Rica, Picado demostró desde joven una capacidad interpretativa que la posicionó como una de las voces líricas más importantes del país.
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Un talento al servicio de una dictadura
Sin embargo, el cuestionamiento ético que arrastra radica en haber puesto ese brillo profesional, de forma desafortunada, al servicio absoluto de una dictadura dinástica, la peor del continente y una de las más férreas de todo el mundo.
Ella sirve como el «escudo estético» que adorna y justifica los millonarios desembolsos estatales dirigidos a los caprichos de Laureano Ortega.
Su rol de bloquear a otros artistas
Bajo la gestión de Picado, la Fundación Incanto ha establecido un férreo monopolio sobre el género de la ópera en Nicaragua.
Lo que se promociona como un esfuerzo por democratizar la cultura es, en realidad, un filtro político implacable: en el país se ha anulado por completo la independencia artística, de tal manera que ningún músico, cantante o técnico que no sea sandinista, o que no demuestre un vínculo sumiso con el régimen, puede participar en este género ni pisar los escenarios controlados por la fundación. Quien no se somete al libreto del partido queda automáticamente vetado y excluido del circuito operático nacional.
Cómplice de erosionar el presupuesto
Esta red de exclusión cultural se complementa con un circuito cerrado de nepotismo y convenios institucionales ideados para beneficiar al círculo íntimo de El Carmen.
Como Directora Ejecutiva, Picado no solo administra las millonarias transferencias que la fundación recibe directamente del Presupuesto General de la República, sino que coordina los acuerdos con «Nicaragua Diseña», la plataforma dirigida por Camila Ortega Murillo.
A través de este amarre, los fondos públicos asignados a Incanto terminan financiando la confección de costosos vestuarios a cargo de los allegados de la familia dictatorial, cerrando un negocio redondo entre los hermanos Ortega Murillo bajo la supervisión y validación técnica de la soprano.
La misma Picado reconoció que son “un colectivo de amigos” en una entrevista con el productor aficionado Marcio Vargas. “Yo veo a Laureano en escena y me emociono de una manera, y lo cuido”, aseguró.
Cuando Vargas le preguntó por lo sucedido en 2018 y las críticas que recibe por apoyar al sandinismo contestó:
“Es la historia la que va a recompensar esto, es la historia la que le va a dar una lección a toda la gente que por una u otra razón no nos quieren, no nos han querido. Las personas no tienen idea la relevancia de lo que estamos haciendo”.
Al final de la jornada, el perfil de la cantante expone la cara más gris del colaboracionismo cultural en contextos autoritarios. Elisa Picado se mantiene inamovible como la mano derecha y principal aliada del hijo de los dictadores, utilizando su prestigio para validar un feudo artístico excluyente y opaco.
Su papel como salvaguarda de Incanto no representa un impulso al talento nacional, sino la consolidación de un sistema donde el arte solo es permitido si sirve para maquillar las arbitrariedades del poder y rendir pleitesía a la familia gobernante.
Nicaragua Investiga



































