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Lluvias e insalubridad disparan la malaria en Nicaragua

Régimen de Ortega mantiene hermetismo sobre cifras generales de malaria, pero se comprometió con Costa Rica a combatirla ante casos importados.

La llegada de la temporada de lluvias ha vuelto a encender las alarmas sanitarias en Nicaragua. Durante los primeros seis meses de 2026, el país acumuló más de 1,700 casos de malaria, según conteos independientes recopilados por medios como el diario La Prensa.

La enfermedad encuentra su caldo de cultivo perfecto en las charcas de agua estancada y en la vulnerabilidad socioeconómica de las zonas rurales, ensañándose especialmente con la región del Caribe nicaragüense.

Esta falta de información detallada por parte de las autoridades oficiales dificulta dimensionar el verdadero impacto del brote epidémico. Sin embargo, la gravedad de la situación ha trascendido las fronteras, motivando la firma de un acuerdo conjunto con Costa Rica, país que hace algunas semanas denunció la detección en su territorio de casos de malaria importados directamente desde suelo nicaragüense.

Alarmante aumento de casos de malaria, dengue y neumonía en Nicaragua

Un enemigo silencioso

La malaria (o paludismo) no se transmite directamente de persona a persona, sino a través de la picadura de hembras infectadas del mosquito Anopheles. Este insecto deposita un parásito en el torrente sanguíneo que viaja rápidamente hasta el hígado, donde se multiplica antes de destruir los glóbulos rojos.

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el cuadro clínico incluye fiebre alta, escalofríos intensos, sudoración profusa, dolor de cabeza y malestar muscular generalizado, síntomas que suelen manifestarse entre 10 y 15 días después de la picadura del vector.

La preocupación de los médicos nicaragüenses no solo radica en el aumento del volumen de contagios, sino en la agresividad de las variantes en circulación. Aunque la mayoría de las infecciones históricas en el país corresponden al parásito Plasmodium Vivax —que causa síntomas debilitantes pero rara vez mortales—, las alarmas están encendidas por el registro de casos provocados por la variante Plasmodium Falciparum.

Esta cepa es reconocida a nivel global como la forma más letal de la enfermedad; al respecto, la OMS advierte de manera tajante en sus manuales globales que «si no se tratan en 24 horas, la malaria por Plasmodium Falciparum puede progresar a una enfermedad grave y causar la muerte», debido a complicaciones severas como la malaria cerebral o la insuficiencia multiorgánica.

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El muro de la opacidad institucional

A pesar de la urgencia que demanda este panorama epidemiológico, el combate al mosquito transmisor se topa de frente con un muro de opacidad institucional. Desde el año 2024, el Ministerio de Salud (MINSA) dejó de publicar en su sitio web los boletines epidemiológicos completos que desglosaban detalladamente las afecciones sujetas a vigilancia nacional, privando a la población y a los especialistas de datos clave sobre la evolución y la ubicación exacta de las transmisiones. Actualmente, las autoridades estatales se limitan a emitir notas de prensa con escuetos porcentajes de variación semanal, obviando los acumulados anuales o comparativas profundas respecto a periodos anteriores.

Ante este vacío informativo, los expertos insisten en que para frenar el avance de la malaria y de otras amenazas estacionales como el dengue o la leptospirosis, es imperativo que las familias eliminen los criaderos alrededor de sus hogares, utilicen mosquiteros y fortalezcan sus medidas higiénico sanitarias.

 

Autor
Nicaragua Investiga

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