Daniel Ortega lo logró. A casi cinco décadas del triunfo de la «revolución» de 1979, el balance del proyecto político que prometió redimir a los oprimidos en Nicaragua se reduce a un drástico y obseno enriquecimiento personal.
El mayor «éxito» que puede exhibir Daniel Ortega Saavedra no es la erradicación de la pobreza ni el desarrollo social del país, sino el haber convertido a su círculo íntimo en una de las familias más acaudaladas de la región.
Esta acumulación de riqueza y prebendas dinásticas resulta especialmente contradictoria cuando se contrasta con los orígenes del dictador y las motivaciones que, según su propio relato, lo empujaron a empuñar las armas contra la pasada dictadura somocista.
Infancia en la miseria absoluta
La infancia de los hermanos Ortega Saavedra estuvo marcada por la precariedad extrema y las carencias más elementales en los barrios de Managua. En su libro testimonial Epopeya de la insurrección, su hermano menor y fallecido exgeneral de Ejército, Humberto Ortega, relató con crudeza las hambrunas y necesidades crónicas que asolaron a su núcleo familiar durante los años de su infancia y juventud. Al punto que sus dos hermanos Sigfrido y Germania fallecieron a la corta edad de tres y dos años debido a “las inclemencias en esas inhóspitas regiones montañosas” y a “las férreas condiciones de vida de esas zonas mineras y las limitaciones materiales de nuestros padres”, indicó.
En diversas entrevistas concedidas durante la década de los noventa, el propio Daniel Ortega recordaba con amargura que su familia carecía incluso del dinero suficiente para pagar la renta mensual de la vivienda, catalogando ese desalojo constante como una injusticia social intolerable que encendió su militancia armada.
«Estaba en contacto con la realidad social que la viví yo con mi familia, o sea, la miseria, la extrema pobreza donde nos íbamos trasladando constantemente porque no podíamos pagar la vivienda y nos iban echando los caseros, yo miraba una situación de injusticia», aseguró a un periodista español en 1990.
Más de U$ 5 mil millones desaparecidos
Sin embargo, los ideales de justicia social que justificaron la guerra revolucionaria quedaron sepultados bajo un esquema de capitalismo corporativo familiar financiado por la discrecionalidad estatal y el desvío de la cooperación venezolana.
La fortuna de los Ortega-Murillo alcanza ahora la de una de las familias históricamente millonarias del país: Los Pellas, quienes podrían tener según Forbes unos 3 mil millones de dólares, contra al menos unos 2,500 millones de la familia dinástica. Muchos se atreven a especular que la fotuna de los Ortega-Murillo podría ser dos o tres veces mayor.
Riqueza a la vista
Investigaciones periodísticas e informes de organismos independientes han desnudado cómo los hijos de la pareja presidencial han dejado atrás la mística de la austeridad sandinista para adoptar un estilo de vida de corte monárquico.
Mientras el salario mínimo de los nicaragüenses no cubre la canasta básica, Laureano Ortega Murillo, asesor presidencial y encargado de los proyectos mimados del régimen, exhibe públicamente una colección de relojes Rolex de oro valorados en miles de dólares y mandó a edificar un palacete privado en una de las zonas residenciales más exclusivas de la capital, cuyo valor arquitectónico resulta inalcanzable para cualquier profesional en el país.
Este patrón de derroche y ostentación se replica en todo el clan. Su hermana, Camila Ortega Murillo, directora de la plataforma estatal Nicaragua Diseña, acostumbra a presidir eventos públicos ataviada con costosos trajes de diseñadores internacionales, proyectando una imagen de opulencia que contrasta de forma brutal con la realidad de las mujeres nicaragüenses del sector informal.
Asimismo, el resto de los hermanos Ortega Murillo ha utilizado los recursos públicos para consolidar un monopolio mediático, adquiriendo canales de televisión abierta y estaciones radiales mediante transacciones millonarias que operan bajo la opacidad total de empresas fachadas.
Al cumplir 47 años de aquella gesta histórica, la revolución no liberó al pueblo de la miseria, sino que sustituyó a una vieja oligarquía para entronizar a una nueva élite millonaria que convirtió la antigua lucha contra la injusticia en el negocio más rentable de su vida.
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