El mercado global del aguacate gira casi por completo alrededor de una sola variedad: el Hass. Más del 80 % de las más de 11 millones de toneladas que se producen cada año pertenece a este tipo. Esa uniformidad genética, lograda mediante injertos, convierte a casi todos los árboles comerciales en copias casi idénticas. Una enfermedad o un cambio climático brusco podría derribar la producción mundial de un solo golpe, como ocurrió con la banana Gros Michel en el siglo XX.
Un equipo de arqueobotánicos estadounidenses acaba de encontrar una posible solución en las tierras bajas de Nicaragua y Honduras. Analizaron el ADN de hojas recolectadas de 50 árboles nativos que crecen en huertos familiares, fincas y bordes de caminos. Luego compararon esa información genética con más de 200 variedades registradas, tanto comerciales como silvestres de Sudamérica.
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El resultado fue claro. Los aguacates de las zonas bajas de Nicaragua y Honduras forman grupos genéticos completamente nuevos, distintos de cualquier variedad conocida hasta ahora. Uno de ellos, identificado como TL-2, revela algo aún más interesante. Su ADN conserva la huella de una migración humana desde la costa de Colombia hacia el norte de Centroamérica ocurrida hace unos 5.000 años.
Esas comunidades trajeron consigo sus árboles, que se cruzaron con las plantas locales y generaron una combinación genética que no existía antes.
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El mismo período coincide con la llegada de otros cultivos sudamericanos a la región, como el cacao y ciertas formas de maíz, lo que refuerza la idea de un intenso intercambio humano entre ambas zonas del continente.
Además del valor histórico, estos árboles muestran una ventaja práctica. Ninguno de los agricultores entrevistados en Nicaragua y Honduras reportó problemas con la pudrición de raíces causada por el hongo Phytophthora, el principal enemigo de los cultivos comerciales de aguacate. Esa resistencia natural podría resultar clave para programas de mejoramiento genético.
El estudio, liderado por Kevin Wann, del Museo Nacional de Historia Natural del Smithsonian y la Universidad de Texas A&M, se publicó en la revista Plants, People, Planet. Participaron también investigadores de la Universidad de Oklahoma y de la Universidad Estatal de California en Long Beach. Los científicos advierten que la muestra aún es limitada y que se necesitan más análisis, pero proponen construir mapas genéticos que incluyan estas variedades criollas para aprovechar su diversidad frente a enfermedades y al cambio climático.
*Este artículo fue elaborado mediante la colaboración estratégica entre nuestro equipo editorial y herramientas de inteligencia artificial.
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